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EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN EN LA CONSTRUCCIÓN DE SOCIEDAD Y HUMANIDAD

Por: Julieth Paola Serrano Mantilla

La educación va mucho más allá de su distinción tradicional de educación básica, secundaria o permanente, y hoy debe responder al reto de un mundo que cambia vertiginosamente y que además está dejando de lado el bienestar de la raza humana. Esta necesidad persiste e incluso se ha acentuado durante el último siglo, y la única forma real de cubrirla es que todos conscientemente aprendamos a aprender.

El sistema educativo basado, únicamente, en la adquisición y actualización de conocimientos, se convierte en un peligro para miles de jóvenes que se integran a programas de formación con el anhelo de ser seres íntegros que puedan lograr su propio desarrollo en relación con el Todo que les rodea; pues este ideal de intelectualismo racionalista, como fin último de la educación, además de ser incompleto es realmente intrascendente para lograr un desarrollo próspero a nivel de humanidad.  

 

“La gente está saciada de la especialización científica y del intelectualismo racionalista. Quiere oír acerca de una verdad que no estreche sino que ensanche, que no oscurezca sino que ilumine, que no se escurra sobre uno como agua sino que penetre conmovedora hasta la médula de los huesos”.[1]

Mientras la Sociedad de la Información o del conocimiento multiplica sus datos y vías de acceso, se hace completamente fundamental que la educación instruya para su uso real en una dinámica de transformación que nos integre y beneficie a todos, que nos reconozca como seres completos con posibilidades inagotables de desarrollo. Pero tal parece que muchas instituciones en la actualidad, no solo la educativa, e incluso cientos de imaginarios colectivos que habitan en diferentes sociedades, apuntan a la sacralización del conocimiento desvirtuando valores vitales como la fe, la empatía, la espontaneidad y la expresión creativa o irracional. Estos valores, por ejemplo, no pueden ser sujetos a medición por medio de un experimento, ni expresados por un número en una ecuación; sin embargo, son factores fundamentales en el proceso de construcción de humanidad y hacen parte del infinito grupo de subjetividades que el ser humano manifiesta en su universo social.

Es un ejercicio justo y digno que cada persona abandere su proceso educativo humano y “aprenda a aprender” pese a su relación con instituciones que no están ni estarán dispuestas a salvaguardar valores esenciales que respeten a la totalidad y que nos integren como seres trascendentales.

¿Cuál es la educación que se necesita para construir humanidad y sociedad? Si se analiza desde el punto de vista de la calidad, teniendo en cuenta que es el elemento que implementan o desean implementar, por excelencia, nuestras instituciones educativas, deberíamos plantearnos la pregunta de ¿Cómo es concebida una educación de calidad? o ¿qué significa la calidad para las instituciones ? ¿Es una educación de calidad aquella que integra a sus participantes, con otros y con el mundo en el que viven, potenciando su desarrollo común? o ¿es la que ilusoriamente fragmenta a sus miembros bajo el afán de lograr una autoafirmación intelectual y económica, o una capacidad de posesión amplia?

Aún existe, al interior de las aulas y fuera de ellas, una noción de segmentación humana, de división con el otro, para lograr el desarrollo. Es un logro el hecho de que alguien llegue a la cúspide mundial, pero ¿qué hay con el resto? La palabra desarrollo debe incluir nuestro desarrollo personal en relación con el colectivo.

“Citemos, sin ser exhaustivos, la memoria, el raciocinio, la imaginación, las aptitudes físicas, el sentido de la estética, la facilidad para comunicar con los demás, el carisma natural, etc. Todo ello viene a confirmar la necesidad de comprenderse y educarse mejor uno mismo”.[2]

Si bien, la educación es la llave de acceso al desarrollo mundial, es de suma importancia reducir las nociones de segmentación y división con otros. ¿Nos educan científicamente o nos educamos humanamente? Es necesario comprender que la responsabilidad de la educación no puede recaer en terceros y que la valoración del conocimiento científico es fundamental, pero jamás lo será tanto como la valoración de la educación humana que nosotros mismos nos proporcionamos y que nos acerca con mucha más seguridad a una comprensión del “por qué” y el “cómo” de nuestra existencia.

 


[1] Gustav Jung,  Carl. Wilhelm, Richard. El secreto de la flor de oro. Barcelona: Paidós Ibérica.2009.

[2] Delors, Jacques. La educación encierra un tesoro. Informe de la UNESCO.1996.

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